Una difícil semblanza de Carlos Ramos Núñez

Ricardo D. Rabinovich-Berkman[1]

___________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

Realizar una semblanza de una persona que ha fallecido es siempre una tarea difícil, porque toda vida humana, si ha conseguido persistir por varias décadas, aun cuando no conlleva grandes aventuras, despliega un escenario heterodoxo, multifacético, descontrolado y repleto de misterios, incongruencias, epopeyas y espacios imposibles de pintar. Carlos Ramos Núñez era afecto a las biografías, de modo que conocía bien este problema y lo encaraba con maestría. No escatimaba el espacio y era riguroso en las investigaciones.

Es obvio que no me voy a poner a indagar acerca de la vida de Carlos, porque no estoy escribiendo su biografía ni me animaría a hacerlo. Recurro, más bien, a mis propios recuerdos para pintarlo, a los muchos años de amistad, la mayor parte de los cuales nos vieron separados por importantes distancias. Nuestro afecto, a decir verdad, resultó muy beneficiado por la electrónica, por aquellas formidables innovaciones tecnológicas de nuestra época que tanto transformaron las comunicaciones.

Carlos, justamente, desde su insondable cultura clásica y la comodidad con que se desplazaba por los siglos pasados, especialmente por los tres últimos, estaba encandilado por esas tecnologías. Hay historiadores que se acuartelan en el pretérito y se van transformando lentamente en piezas de museo, disgustadas con el mundo que les ha tocado para vivir. ¡Ese no era Ramos Núñez!

Por el contrario, no tardó en ver en las redes telemáticas el despertar de lo que solía denominar, no sin pasión, «un nuevo humanismo». Creía en la posibilidad de que se concretase, por medio de los hipervínculos y la digitalización de las obras, una forma tan nueva como extraordinaria de la Biblioteca de Babel imaginada por Borges. Soñaba con las promisorias alternativas que ese repositorio colosal e infinito ofrecería para las ciencias. Se volvía casi positivista ante ese espejismo, aunque presumo que él habría preferido otro adjetivo.

Carlos vislumbraba, con su sonriente optimismo, esa perspectiva nueva porque le preocupaba, de modo lacerante, la superficialidad reinante. Investigador concienzudo y agudo crítico, con una capacidad sobrenatural de digerir un libro entero en una noche y traerlo a la mañana siguiente lleno de papelitos que marcaban los pasajes que le habían llamado la atención, despertando objeciones o generando preguntas. Era, ante todo, un cultor de lo profundo. Quizás esa fuera la razón por la que rarísima vez se le escuchaban opiniones terminantes y, mucho menos, afirmaciones dogmáticas. Prefería insinuar sus verdades, deslizarlas como si fueran frágiles y pudieran deshacerse con solo pronunciarlas.

Ramos Núñez no temía al cambio de sus propias opiniones. Como buen hombre de ciencia, consideraba la mayoría de sus verdades como transitorias y se mantenía abierto al aprendizaje hasta niveles verdaderamente asombrosos. En clase, escuchaba a sus estudiantes con genuino interés, incluso a los menos despiertos y más novatos. No era raro que tomara notas, en minúscula caligrafía, de lo que ellos decían. Y si alguien mencionaba un libro o un artículo que él no había leído, pedía de inmediato que le repitieran el autor y el título, tomaba nota para buscarlo y luego no descansaba hasta encontrarlo, devorarlo con avidez y sumarlo a su impresionante biblioteca.

Era un comprador de libros inagotable. Recuerdo una vez, en Medellín. Habíamos dictado unas conferencias en una universidad elegante y nos habían pagado muy bien. Con el dinero fresco en los bolsillos, pasamos por la librería del campus, que no estaba mal surtida. Yo compré algunos ejemplares, pagué y salí a avisarle que lo esperaba afuera. Carlos estaba con un carrito repleto de volúmenes y seguía colocando otros. Por supuesto, no le alcanzó el dinero que nos habían dado y tuve que prestarle la diferencia, por no hablar de los problemas de equipaje que vinieron después.

Los estudiantes lo adoraban, aunque era para ellos una incógnita. Les costaba hacer coincidir la imagen andina de ese hombre tranquilo y sonriente, exquisitamente irónico, con un sentido del humor tan omnipresente como sarcástico, a menudo acompañado de una risa entre dientes, socarrona y cómplice, y modesto hasta el cansancio, con la hoja de vida repleta de premios, medallas, logros, sucesos y publicaciones. Carlos nunca perdió ese aire de peruano de las alturas, ese tono profundo y la manera pausada de hablar, marcando mucho el sonido de cada letra, esa forma tan nítida de pronunciar las eses de la gente del Ande.

Su mirada rebosaba astucia e inteligencia, pero era imposible hallar en ella una mínima gota de soberbia. Ramos sabía que había leído mucho, pero era aún más consciente de todo lo que le faltaba por leer. Se equivocaría, sin embargo, quien pensara que esas carencias lo abrumaban: lejos de ello, las tomaba como un desafío. Sabía que no le alcanzaría la vida para recorrer todos los libros que habría deseado, pero creo que nunca imaginó que el tiempo que le quedaba sería tan poco.

Es que Ramos Núñez amaba existir. Muchas veces, cuando alguien fallece, especialmente si parte mucho antes de lo esperado, se suele repetir, como un cansado estribillo, cuánto disfrutaba de la vida. Pero en el caso de Carlos, cualquiera que lo conociera mínimamente sabía que ese encantamiento con la existencia era una de las marcas distintivas de su personalidad. Se notaba de inmediato en su sonrisa que estudiaba, o calaba, más bien, al otro; en sus ojos vivaces; en la broma pronta, ocurrente, irónica y jamás grosera o insultante. Le gustaba experimentar, conocer de fuente directa, pisar los caminos con sus propios pies. No desdeñaba la buena mesa ni las copas con amigos. Era duramente consciente de su diabetes, pero a menudo jugaba con fuego, bordeaba los límites, movido justamente por esa pasión de vivir que lo encendía.

Hay personas a las que resulta muy fácil encuadrar. He aquí un abogado penalista; más allá, una historiadora dedicada a ciertos temas; a lo lejos, un juez de familia, acompañado de una escritora. Quizás la mayoría de los seres humanos seamos susceptibles de marcos bastante sencillos, máxime en los tiempos del pospositivismo. Cuando, de repente, aparece alguien en quien los límites se desvanecen y se quiebran como un copo de nieve, esa anomalía desorienta e inquieta.

Carlos Ramos Núñez era uno de esos seres imposibles de encerrar en uno, en dos o en más cuarteles. Proveniente de la Atenas de los Andes, era un ateniense clásico, en el sentido de no dejar de lado ni las ciencias ni las artes. Profeta de un nuevo humanismo, aún en incubación, desgraciadamente, era él mismo un humanista pleno. Llevaba sangre de artistas y de científicos, que se mezclaba con la judicatura, la filosofía, la historia y el periodismo.

Y cuando digo «filosofía», no me refiero sólo a sus lecturas y conocimientos, sino a que él mismo filosofaba, y lo hacía con maestría. Por supuesto, sabía muchísimo de historia, pero además, y sobre todo, la hacía. La brindaba a través de impecables investigaciones, agudas y críticas, que cristalizaron en sus obras, algunas de ellas monumentales y absolutamente todas imperdibles.

No, no voy a hacer una biografía de Carlos. Estoy completamente seguro de que ya la harán, y no una sola. Se convocarán congresos en torno a su figura. Con su nombre se bautizarán instituciones, salas y medallas. Su retrato lucirá en universidades, tribunales y academias. Latinoamérica le rendirá una merecida apoteosis y su adorado Perú lo esculpirá en la gloria de sus más cuidados laureles. Las escuelas de las que fue alumno descubrirán placas de bronce que lo mencionen. Poblará miles de discursos y estará en decenas de tesis y de defensas. Todo eso y mucho más. No agregaré nada a esa constelación justa y necesaria, porque no me corresponde ni me creo capaz de hacerlo.

Me limitaré, en cambio, a llevar en mi memoria, mientras la conserve, el recuerdo de nuestros encuentros; a sonreír al calor de las anécdotas compartidas, incluso de aquellas que no contaré nunca; a escuchar, con esos misteriosos oídos del alma, su cantarina voz serrana y su tono irónico. Seguiré echándolo de menos, como lo he hecho desde el día en que supe de su inesperada partida, y mantendré en mi corazón la honra inenarrable, llena de un agradecimiento profundo, de haber gozado del privilegio cósmico de haber sido su amigo.

Ricardo D. Rabinovich-Berkman

Buenos Aires, invierno de 2025



[1]          Doctor de la Universidad de Buenos Aires. Profesor del Doctorado de la Facultad de Derecho (UBA). Catedrático de la UBA (Historia del Derecho; Principios Generales del Derecho Latinoamericano) y de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (Derecho Civil, Parte General). Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Derecho (UBA) desde 2012. Director del Programa de Cursos para el Doctorado (Facultad de Derecho, UBA) desde 2008. Co-Director de la Maestría en Cultura Jurídica (Universitat de Girona, Cataluña) desde 2014. Código ORCID: 0000-0002-9286-875X. Correo electrónico: ricardorabinovich@derecho.uba.ar